jueves, 8 de diciembre de 2016

LUNATIC RHAPSODY (Caras A y B)





Nota de los autores (Excusa no pedida...)
Esta historia comienza con una frase que se coló en mi mente. Incapaz de mantenerla encerrada, decidí soltarla y compartirla con cuatro amigos, Fernando, David, Ángel y Alejandro. Así, contagiados de palabras, comenzamos a tejer una locura, sin reglas, sin orden, con el único requisito de dejar volar la imaginación. Pronto, el cuento, incapaz de ceñirse a sí mismo, se ramificó en dos sueños, tan dispares como surrealistas. Y, justo cuando parecía que se olvidaban el uno del otro, confluyeron por sorpresa, para,juntos, caminar de la mano....

Nota: las faltas ortográficas son totalmente intencionadas


A SIDE OF THE MOON
  
Hay días en los que a uno se le meten todas las lunas en la cabeza.
Y, aunque parezca mentira, en tan reducido espacio caben todas ellas: menguantes, crecientes, llenas, nuevas y alguna incluso, y sin necesidad de haber bebido más de la cuenta, doble.
Entonces la cabeza se me hincha y se me hincha y la cara me empalidece y se me llena de los cráteres de infectos y purulentos granos.
Tal vez es por esto que en las paredes de casa han aparecido pintadas que dicen "eres un lunático, haterriza". La falta de ortografía delata ami suegra que nunca me ha querido bien, pero esa es otra historia. Aún así, les cuento. Creo que todo tuvo su origen un buen día que, calzado con mis patines, recorría el pasillo de su casa. Ella siempre me decía que tuviera cuidado "que el día menos pensado hiba a tener un accidente", pero yo no le acía caso. De pronto, al girar a la derecha para describir un hocho en la amplitud de su salón, impelido por la inercia y la violencia del giro, se me descompuso un cuarto creciente haciendo sobresalir un  cuerno por mi sien más cercana al esquinazo, arañando toda la pared a resultas del incidente. No me lo perdona...


No es que me importe demasiado, pero empiezo a preocuparme. Mi suegro, en paz bien ganada, descanse, ya me advirtió : ¿ves la madre? Pues ves la hija. Razón tenía, si bien he de decir que mi suegro era, como yo, un maldito cornudo lunático.

Sin embargo, yo lo amaba, y mucho; a mi suegro, digo. Siempre fue un apoyo para mí. Al principio, era él quien me contaba un cuento antes de dormir, e incluso me daba un beso de buenas noches. Un día, con mi mujer ya dormida, me dio un beso en los morros. A mí me pareció raro, pero me dejé llevar e hicimos el amor con mi mujer al lado, roncando como su madre. Fue maravilloso.

No me refiero a los ronquidos de ellas, lo maravilloso fue sentir ese amor nuevo para mí, era algo muy extraño, como si fuese amado por mí mismo, como si al fin pudiese amarme, como si yo fuese alguien que al margen de vivir en la luna fuese digno de ser amado, incluso por mí mismo o mi reflejo en forma de suegro. Sólo tenía un atisbo de miedo, que mi mujer se despertase y quisiese participar de aquel amor satelital.

Con aquel nuevo sentimiento bullendo dentro de mí, los días se pasaban en segundos, y tenía la sensación de haberme transformado en un sosías de Gene Kelly. Si me descuidaba, se me separaban los pies del suelo y amenazaban con empezar un espectáculo de cabaret. Claro que aquello a mi suegro, curtido en la edad de oro del cine (y enamorado en secreto de Rock Hudson), le parecía el culmen de su fetichismo. Hasta ahí todo bien. Lo malo venía cuando había que disimular tanta alegría frente a nuestras respectivas. Por que los pies, con un par de plantillas de plomo, estaba controlado, pero los cambios físicos eran otro cantar. Y es que, de tanto  reír, la boca se me había ensanchado varios centímetros, y de tanto brillar, hasta me estaba volviendo rubio...

Sin embargo, todo lo bueno tiene un final, y la felicidad no suele durar eternamente. Una tarde de primavera, aprovechando la salida de compras de mi suegra y mi mujer, mi amado suegro y yo nos dedicamos a una sesión de sexo desenfadado en su habitación. Él se puso su uniforme de Guardia Civil, y yo, un vestido provocativo de mi mujer. Cuando ya nos habíamos desprendido de nuestros ropajes y, desnudos como Dios nos trajo al mundo, disfrutábamos de nuestros respectivos cuerpos, la puerta de la habitación se abrió, mi mujer dio un grito y se desmayó; mi suegra vino entonces corriendo a la habitación y, tras pegar otro grito, también se desvaneció. Repuestas de sus respectivos vahídos, mi suegra y mi mujer decidieron separarnos: a mí me enviaron a Cádiz, y a mi amor, a Coruña. Perdí, además, mi rubia cabellera, pues mi mujer me castigó con un corte de pelo al cero. 

Ya en Cádiz, y sin un pelo en la cabeza, me ocurrió algo extraño. Una noche de luna llena, mientras acariciaba mi recién adquirida excentricidad, descubrí una pequeña protuberancia en la parte de atrás del cráneo. Al observarla en el espejo, divisé, no sin cierta sorpresa, una pequeña puertecita entreabierta. De lo oscuro de su interior, un tufo a licor y unos pequeños ojillos que me observaban cómplices: "Te he estado esperando". 

Bajo el brillo de un tricornio que semeja una resplandeciente y creciente luna negra, asoma el mostacho varonil de Farrokh Bulsara. Junto a él, saliendo del oscuro y fétido refugio, una especie de cueva mora en la que, por el jaleo, debía celebrarse toda una zambra gitana digna del Sacromonte Nazarí, irrumpe en escena una segunda figurilla vestida de faralaes con lunares rojos, le agarra por la oreja y tirando de ella, le insta a regresar:

- Tira p'adentro Freddie, que ha ti naide te a dao vela en este intierro.
Hubiese dado medio dedo pulgar por poder seguirlos, pero nada, imposible remeterme en mi mismo, mucho menos sin setas mágicas. Sin embargo, una luz se incendió ahí dentro (no sé cómo hasta el momento podrían estar celebrando su fiesta así, tan a oscuras), tomé unas pinzas de depilar (las mismas que hubiera tenido que utilizar para reparar el desaguisado de la cara de mi suegra, quien debió figurar en el acta matrimonial como mi suegro a juzgar por su tupido bozo supralabial) y extraje con mucho cuidado a mis pequeños inquilinos. Al interesarme por su identidad, me refirieron que no eran sino la encarnación que en mi materia gris había concurrido de Lola Flores y Freddie Mercury, que habían consumado el matrimonio celebrado por el rito gitano y continuaban la jarana.

Me empecé a preocupar seriamente por mi salud mental y decidí consultar a una especialista, una psiquiatra muy prestigiosa de los Estados Unidos de América del Norte un poco por debajo de Canadá.La doctora Nicole Smith and Wesson 500 me trató durante un mes en su clínica Clockwork Orange, pasado el cual me citó en su oval despacho. "Your caso, señor Selenio, is very complicado, you know". Esperé anhelante a que continuara, pero no dijo nada más. "Pero, ¿es grave, tiene solución?", pregunté  yo. "Well, you know, señor Selenio, estos cosas are not sencillos de... de...". "¿De solucionar?", pregunté yo cada vez más inquieto. "Eso es, de solucionar. No sé, yo, in your caso, lo que haría sería coger esta pistola y, en fin, volarse la head de un tira". Entonces, siguiendo el consejo de la prestigiosa doctora, y con mano temblorosa, cogí la Smith and Wesson 500, acerqué la boca de su cañón a mi frente, conté hasta 317 y, cuando iba a apretar el gatillo, una voz sonó en mi cabeza, entre ceja y ceja, y me cantó:

"Empty spaces 

what are we living for,
Abandoned places 
I guess we know the score
On and on 
does anybody know what we are looking for


Another hero, 
another mindless crime
Behind the curtain 
in the pantomime
Hold the line 
does anybody want to take it anymore


The show must go on
The show must go on"


B SIDE OF THE MOON

Hay días en los que a uno se le meten todas las lunas en la cabeza... Y luego, a ver quien es el listo que consigue que vayan saliendo ordenadamente. Las de Júpiter suelen ser las más inquietas, empolvándose constantemente las redondas mejillas para deleite de los astrónomos voyeurs. En cambio, la de Saturno es de las que se queda en babia cada vez que se cruza con una de las múltiples musas que circulan por aquí. Miedo me da que se la lleven por delante cuando abra la sesera y se desate la marea sobre el papel. Por suerte, recientemente he conocido a un nuevo socio que me ayuda con la tarea.
Desde que le conocí, he aprendido a contar estrellas, a bailar sin gravedad y hasta a hacer el "hoola-hop" con los anillos planetarios. En confidencia me ha dicho que le llaman el "bibliotecario de sueños" y viene a visitarme cada noche.

Es un tipo curioso, siempre aparece con una botella medio llena de licor de guindas que va devorando sin ofrecerme ni una sola. Lo único que me molesta de su actitud es que me deja la habitación llena de huesos de guinda que como pequeños satélites giran alrededor de mis pies.

A veces me sorprende con sus habilidades. Así, como por arte de magia, sin siquiera un abracadabra ni un mísero ¡hale hop!, es capaz de reorbitar mis lunas y sus chochos de guinda borrachos para alinearlos en caprichosas e ingrávidas formas. Es cuando, sin saber de dónde vienen, pelotones de moscas ávidas del jarabe alcohólico que rezuman, llenan la habitación y siento pánico. Las moscas son un insecto bien peligroso, se cuelan en las orejas , depositan sus huevos en el conducto auditivo y acabas con el cerebro lleno de gusanos. Sin embargo, esas infectas pupas no solo tienen efectos maléficos, por el contrario, sus vapores etílicos convierten las neuronas que las envuelven en origen de las más extravagantes y divertidas ideas. Claro, eso tiene su contrapartida: las terribles y lunáticas resacas que se me meten ahí dentro y de las que no consigo desprenderme.

En una ocasión, la resaca me duró todo un mes. Pasado éste, volví a mi natural mediocridad. Me vestí de nuevo con mi traje gris, me peiné con la raya de lado, me dejé crecer mi serio bigote y comencé otra vez a andar con los pies.

La mediocridad es buena, la mediocridad es sana me repetía a modo de mantra que me mantenía atado a la tierra, como si fuesen unos plomos que me impedían ignorar la fuerza de la gravedad y perderme en órbitas ajenas. Pero la raya de lado era demasiado para mí.

Así que, durante una de mis noches en blanco (para mantener la mediocridad, no podía permitirme dormir), tras una larga sesión de teletienda y alcohol barato, me planté enrabietado frente al espejo del baño.  Con decisión, agarre el peine y ataqué. La raya se defendió estoica, y tras un par de envites tuve que desistir. Aquello se había aferrado cual cemento, y no pensaba dar su brazo a torcer. "¡No podrás acabar conmigo!", gritó la mata canosa ante mi estupor. "Pero me haces parecer un tipo serio y aburrido", me quejé amargamente. "Aburrido no, un señor de los pies a la cabeza.", insistió, "Desde que estoy contigo te saludan por la calle y te rebaján las pólizas del seguro. Si hasta he conseguido que votes al fin por la estabilidad del estado."

Ante tal argumento no tuve otra salida. O la raya o yo. Así que agarré las tijeras de la cocina, las únicas con fuerza suficiente para cortar lazos con la sociedad de bien, y podé todo pelo conservador que encontré. En un momento no había rastro de la raya, ni del flequillo, ni nada. "Las señoras apartarán el bolso cuando pases junto a ellas", le oí gemir en su último suspiro. Pero ya no importaba, ya estaba liberado, la cabeza una luna resbaladiza sobre la que explorar.  Sólo entonces, mientras acariciaba mi recién adquirida excentricidad, descubrí una pequeña protuberancia en la parte de atrás del cráneo. Al observarla en el espejo, divisé, no sin cierta sorpresa, una pequeña puertecita entreabierta. De lo oscuro de su interior, un tufo a licor y unos pequeños ojillos que me observaban cómplices. "Te he estado esperando".


Los ojillos pertenecían a un mini guardia civil, con su mini bigote y su mini tricornio incluidos. Le pregunté su nombre. Me respondió que carecía de nombre. Le pregunté que qué hacía en mi cabeza. Repuso que nada especial, que allí se vivía bien, que había de todo y que todo lo que allí había resultaba muy interesante. Me reprendió por aquella temporada de mediocridad que habíamos vivido y por mi cerrazón para intentar superarla.

"Trataremos de recuperarnos poco a poco, sin prisas", me explicó. "Para empezar", continuó mientras se sentaba sobre una cucharilla de café, "te contaré la historia de un joven soñador que se casó con una mujer aburrida. Ésta tenía una madre que cometía numerosas faltas de ortografía y un padre rumboso y muy atractivo..."

Poniendo ambos índices en mis oídos a manera de tapón, interrumpo bruscamente su narración. Él pretende que toda mi vida recobre el hilo perdido y trata de reconstruirla haciéndome protagonista de este cuento que me intenta transmitir, pero yo sigo aferrado a mi cara más lunática y agarrando al pseudo gnomo armado entre mis manos, hago una pelota con él y lo arrojo contra la pared cual frontón. Una lástima, al segundo manotazo la pelota se desintegra y me quedo sin entretenimiento.
- ¡Vaya, hombre!¡Qué faena! Ahora que me hiba a hacer manomanista....

Pues nada, a otra cosa mariposa - me dije, y les dije, a los colonos de mi masa encefálica.  Me compré una piragua por internet y decidí recorrer dándole al remo la península, aprovechando el cauce del río que nació con las lágrimas derramadas por el bibliotecario borrachín, que es muy sentido y de cuando en vez le da por llorar y llorar.

Como avisado por mi conjuro, de mi agusanado cerebro surgió un precioso ejemplar de Papillio Machaon que, libando en la raya de mi peinado, la impregnó del etéreo polvo de mariposa que ahora, entre palada y palada con la piragua, me permite elevarme para hacer slalom con las lunas y los güitos alcohólicos de mi querido amigo. La verdad es que mi viaje está resultando asaz interesante por los conocimientos que voy realizando en el camino.

Y mi camino me llevó a una luna nueva, completamente árida y en la que mis paladas resultaban inútiles. Bajé de la piragua y miré a derecha y a izquierda, arriba y abajo, hacia fuera y hacia dentro. Precisamente fue en mi interior donde hallé algo realmente interesante. Un teatro en el que se representaban cientos de historias. Disponía de múltiples entradas y un tipo, de aspecto de lobo estepario, me invitaba a entrar en el teatro y a disfrutar de cada una de las representaciones que había preparadas para mí. Él mismo, el lobo, había creado alguna de ellas, otras habían sido ideadas por otro lobo, uno que se convertía de vez en cuando en hombre a causa de un fatal encuentro con el Mago de Siam, y había más y más, e incluso algunas de ellas habían sido pergeñadas por seres sin nombres ni apellidos que acababan viajando a los Estados Unidos de América del Norte un poco por debajo de Canadá para oír en privado a Freddie Mercury cantando el "The Show Must Go On".



ALEJANDRO GALLARDO MALDONADO
ÁNGEL ZURDO GONZÁLEZ
DAVID MARTÍN GARCIA
EUGENIA SOTO ALEJANDRE
FERNANDO GARCIA CRESPO








martes, 14 de junio de 2016

MEIGAS DE AGADÁN





Nací  envuelta en los rugidos de una tormenta, la frustración de madre y la decepción de padre por la llegada de una tercera fémina. Quizá no sea posible recordar el momento de nuestro nacimiento aunque siempre he reconocido esa sensación de no ser suficiente.

Crecí  siendo una niña flacucha con grandes ojos  de bosque, de esos que cambian de color, mientras madre parió dos mujeres más. A veces me pierdo en la memoria intentando recordar la risa de aquella hembra constantemente embarazada, como si su único fin en la tierra fuese engendrar un varón que viniese a aplacar el mal humor de aquel hombre. Sí, en una ocasión  sonrió, con alivio, cuando por fin de entre sus piernas emergió, algo azulado, un varoncito. La sonrisa se le borró cuando a las pocas horas el niño se apagó. Padre, enfurecido, descargó su rabia sobre la esposa que apenas podía levantarse de la cama. Y así, ella, la madre, la compañera, la mujer, comenzó un descenso infinitamente largo, hasta que el frío caló su piel amoratada, anidando en sus huesos.

La tristeza es una fosa abisal perdida en el más profundo de los océanos.

No, los niños no deberían morirse. No… Los niños muertos no se convierten en golondrinas que regresan cada primavera a armar lío entre los balcones. Sólo son un cuerpecito inerte y pálido, bañado en lágrimas. Un vacío que se queda, ahí, suspendido en un charco de esperanzas licuadas.


Cuenta el cuento que en un estrecho valle, abierto por  el cauce del  Oza , está Agadán. Un diminuto pueblo fantasma, donde tras los días de niebla imperan  el azul y la nieve hasta que el río despierta para salpicar un estío de escarabajos anaranjados...


Una mañana de enero, apenas desparecida la aurora,  madre nos sacó de la cama gritando emocionada que un ángel había dormido en el patio. Desde la ventana nos mostró su figura silueteada sobre la nieve aplastada. Alucinadas por la cercanía de  un ser sobrenatural, ninguna nos dimos  cuenta de su abrigo mojado.  

Un par de meses después, cuando los copos con sabor a cielo desaparecieron y, con ellos, la constancia angelical de cada mañana, justo el mismo día que retornó el bramido del oso a los montes, madre apareció flotando, ahí, en el agua helada. Rota.  Entonces, conocí el dolor de la ausencia.

Y la rueda de la vida, como la del molino, continuó  girando, tomando inviernos, vaciando veranos. Chapoteando en el tiempo.


Cuenta el cuento que el molinero tenía cinco hijas, que eran sol en invierno, mar embravecido, lava incandescente,  arcoíris tras la lluvia, caleidoscopio de hojas de otoño…


La culpa sabe  a hiel.

-Sentía el corazón encogido, el estómago revuelto. Desde que Bolboreta se había ido no lograba dormir. Había amado a aquella mujer. ¡La había amado tanto como a sí mismo!  Mas ella se burlaba de su deseo, negándose a acoger un hombrecito en sus entrañas y, eso, le volvió loco. Bolboreta era suya.  Debía doblegarla. Sacudirle el polvo mágico de sus alas para que no volara.
Ahora no estaba. Se había quebrado entre sus dedos. Cada vez que miraba sus manos veía sus ojos, desafiantes, alejados de él,  de sus golpes. Sin pedir compasión. Y cuando la sangre se dibujaba en las líneas de su palma, como líneas de una página donde se relatan verdades, cerraba el puño con fuerza, hasta clavarse las uñas para hacer desaparecer el recuerdo del aliento de la mujer que lo había abandonado.-


Cuenta el cuento que por toda la región se hicieron lenguas  de la belleza de  aquellas jóvenes, allá, en una mínima aldea clavada  en el círculo de montañas que sangran carbón…


Supe de la locura al verla asomar en la cara de padre. Deambulaba  las noches  aferrado a la luz del candil, con la frente húmeda y susurrando bolboretas  con los  dientes apretados de remordimiento, mientras afuera aullaba el lobo, o el viento… Entonces comprendí  que pronto sus nubes se tornarían rojas.


Cuenta el cuento que la madrugada en la que apareció en el fondo de un barranco el cuerpo del molinero, desgarrado por las alimañas, a nadie extrañó...


No lloré a padre, ninguna de nosotras lo hizo;  su lugar lo ocuparon centenares de mariposas de mil colores. Aprendimos de la libertad.

Y  el molino prosiguió lamiendo el río.


Cuenta el cuento que atraídos por la hermosura y la dote de las muchachas, bandadas de pretendientes aparecieron en Agadán, enfermando de amor cuando, ellas, las bellas, los rechazaban…


Bajo los árboles donde paran los estorninos apenas crece algún hierbajo mustio, náufrago en una laguna de excrementos. Es inevitable que así suceda.

A diario llegaban aspirantes. Algunos temblorosos, otros orgullosos; unos del sur, otros del norte; a caballo o en galochas; con sombrero, con boina, guapos, feos, fornidos, enclenques. Y, a todos, dijimos no.


Cuenta el cuento que  un rumor fue anidando en los tejados, un rumor lleno de tempestades contra las desdeñosas; si un cordero se despeñaba, si se agostaba un regato, si un tifus se llevaba un alma.... Cada mal fue achacado a esas meigas, que vivían solas y hechizaban a hombres y animales danzando desnudas bajo la luna llena…


Cuando las tardes se alejan sin pájaros dejan una estela de malos augurios; que muta el aire en una especie de gelatina asfixiante; que paraliza los minutos; que me eriza la piel de la nuca…

Y me ahogo, poco a poco, como un pez sobre la arena. 

El miedo sabe a hierro. 


Cuenta el cuento que la víspera de San Juan una rara bruma gris atravesó el valle emponzoñando a quien la respiró. De esta suerte, los vecinos, erigidos jueces, acusaron a las doncellas de andar en tratos con el demoño y, enfebrecidos por su absurdo delirio, las llevaron a rastras hasta un pajar que dormitaba su abandono junto al sendero de Valdecañada, para entregarlas al fuego antes de la medianoche...

Miro a mis hermanas - ignorando a esa multitud cobarde-.  Nos fundimos en un abrazo. Nuestros latidos se reconocen, palpitan al unísono, sobreponiéndose a los gañidos de la jauría acechando a su presa. Deja de importar el crepitar de la leña ardiendo en derredor…


Cuenta el cuento que apenas encendida la hoguera, Gaia  tembló y  una violenta ventisca con el vientre preñado de hielo, se precipitó sobre la pira desvaneciendo las llamas, helando alientos, provocando el pánico.  Ese cierzo, inusitado en junio,  arropó a las muchachas, que se transubstanciaron en sus ráfagas. Al instante el cielo se abrió escupiendo rayos que dardearon las casas, los álamos, la montaña;  resquebrajaron rocas,  removieron lodos, que rodaron por la ladera hasta detenerse en la orilla desviando el curso del Oza. Jamás su agua ha vuelto a pasar bajo el molino, cuya rueda detuvo su giro.
Los verdugos, despojados de su temeridad por la furia del temporal, espantados por las consecuencias de su desvarío, en cuanto cesó el caos huyeron de aquel paraje maldito. Y Agadán fue cubierto por el verde musgo del olvido…  


Ajena al calor borboteando bajo mis pies, nos veo  enredando las sábanas que  madre extiende sobre la hierba; la huelo; la escucho…  - Sois parte de mí, de mi esencia, de  la esencia de todas las que fueron antes que yo, de la esencia de aquel  punto luminoso, errante por el universo, desprendido del hálito de una estrella…-

Y he comprendido la no finitud del Amor.



 EUGENIA SOTO ALEJANDRE






lunes, 16 de mayo de 2016

VATICINIOS II

Hace tiempo escribí "Vaticinios", un cuento al que le faltaba algo. Inicié una continuación pero la abandoné enseguida. Quedó vagando por el limbo de los cuentos perdidos hasta que llegó a Ángel y lo rescató. Ahora es una historia completa.
Un placer compartir relatos contigo, Ángel Zurdo. 

Si no leísteis Vaticinios, os dejo el enlace:
http://mariposasmagulladas.blogspot.com.es/2012/01/vaticinios.html



VATICINIOS II
Un complemento de ÁNGEL ZURDO GONZALEZ







Una joven pre púber aguarda en la cama la llegada de su mamá. Ésta, de forma sigilosa avanza en la oscuridad de la habitación hasta llegar a la cama de su hija. Con un susurro, le da las buenas noches y un beso


- Vamos cariño, ahora duérmete que ya es tarde y tienes que levantarte temprano


Margarita asiente en silencio mientras la madre regresa al exterior del cuarto infantil. Pero no se duerme, sabe lo que viene ahora, no es la primera vez que ocurre y ella lo aguarda resguardada boca abajo, con la almohada cubriendo sus oídos y su cabeza. Ya empiezan las voces, siempre los mismos reproches de su madre: "yo me paso la vida trabajando mientras tú te pasas el día ahí tirado, eres un parásito, podrías hacer algo..." Así pasa un buen rato, con el monólogo irritado de la mujer y el silencio del padre. La joven adivina también lo que viene ahora. Poco a poco la tempestad va amainando y entonces, la voz suave y calmada del hombre va tomando protagonismo para dejar paso a risitas nerviosas y luego a jadeos. Solo entonces, cuando las exclamaciones de placer de la madre se acaban, la muchacha se duerme.



Como todos los días, Pedro ha ido al pueblo a recoger a su hija del colegio. De regreso, la niña le observa mientras conduce. Esta mañana, papá está muy callado. Ha ido a una entrevista de trabajo y, según ha transcurrido, vaticina que va a seguir en casa por un tiempo más, no cree que su salida se acerque.

-  Tengo que echar gasolina, así que vamos a pasar a ver a mamá -le dice el padre.

Ya en la estación de servicio, la madre, vestida con el mono que le sirve de uniforme, saluda a la niña.

- Hola mi amor, qué tal el cole - le pregunta con un beso

- Bien, un rollo, como siempre - responde la hija…

Va añadir algo

- Mamá, sabes, hoy nos han dicho en clase que las abejas son todas hembras, el macho no trabaja nunca y cuando ha fecundado a la reina, es expulsado de la colmena y asesinado a picotazos por las obreras.

- Eso es lo que teníamos que hacer nosotras –le había dicho su amiga Rosi. Las dos niñas tienen una relación única, están muy unidas, tanto que hay veces que se les confunden los pensamientos. Las palabras de una coinciden exactamente con lo que la otra diría, más aún, hay veces que Rosa, hace las cosas como por mandato de la mente de Margarita, aun cuando ésta ni siquiera haya abierto la boca. En esta ocasión la frase la dijo Rosi, pero el razonamiento era de Marga, un pensamiento que va dirigido a Pedro, su propio padre. De hecho, ahora la niña, inicia la frase como si fuera suya, pero la madre se da la vuelta para dirigirse a su pareja y preguntar por la entrevista; la niña se aleja en dirección a las estanterías de revistas. Escucha las voces atenuadas de sus padres

- ¡Quita zángano! - le dice ella al tiempo que de un manotazo retira la mano de su pecho - que nos va a ver Margarita, además están las cámaras de seguridad

- ¡Hum, cámaras! ¡Con lo que a mí me pone salir en televisión! - responde él apretando más su cuerpo al de ella y volviendo a agarrar su seno

- ¡Vaya qué rápido! ¡Estás en forma! -le dice con una pícara sonrisa al percibir la rotundidad de su erección contra su vientre.

- Yo siempre estoy dispuesto -contesta él con cierto orgullo - vamos a la trastienda

Entre risitas y besos trasponen el cartel de «PRIVADO». Marga intenta prestar atención a la lectura, pero sus oídos la transportan al otro lado de la tienda, donde se escuchan, amortiguados, los gemidos de placer de la pareja. La aventura es breve y, transcurridos unos minutos, aparece la mujer subiéndose la cremallera del mono y atusándose el moño bajo con que recoge su pelo. Poco después, con un leve gesto jactancioso, le sigue su marido.

- Vámonos a casa Rita -dice dirigiéndose a la jovencita

La niña se despide de su madre con un beso y sale al exterior.

Ya va llegando el verano y no hay colegio por la tarde. Después de comer, Margarita, simulando leer, espera el momento en que su padre se duerma. El sopor veraniego y la digestión junto a las cervezas y el par de copas de brandy con el que ha rematado la comida, surtirán efecto sin duda. Éste, tumbado en el sofá, contempla el televisor mientras enciende un pitillo. Un par de caladas después, Marga le retira el cigarro de entre los dedos sin que él se percate de nada. Sin apagarlo, lo deposita entre los pliegues del sofá y espera. Por si acaso, acerca las cortinas al pequeño foco de calor. Momentos después, comienza la ignición. Marga coge las llaves de la casa y sale echando el cerrojo. Se aleja en dirección al río, a cuya orilla, a la sombra fresca de unos álamos espera. No llegan a ella los gritos desesperados de Pedro, solo cuando las sirenas de los camiones de bomberos inundan la pesada atmósfera,  ella regresa. Los bomberos impiden que se acerque a la casa absolutamente carbonizada que ella contempla en silencio. La madre vuelve a casa también. Asustada, le pregunta si está bien mientras le abraza. La niña se mantiene muda, petrificada y con la mirada perdida en las cenizas

- Ahora ya no tendrás que soportar al parásito, mamá, te he liberado – piensa

***


El sol calienta mi piel mientras, con los ojos cerrados, dejo que el sonido de las olas se me cuele en los oídos para mecer mis cansadas neuronas, poco a poco mi mente se queda en blanco, sin pensamientos ni preocupaciones, sin deseos ni fantasías...   

¡Mmn, el mar...! En cuanto salga de aquí iré a pasar una temporada a la costa, puede que incluso decida quedarme a vivir allí, cerca de la orilla. No tendré que imaginarme el oleaje, bastará con asomarme a la ventana. Por supuesto que mi casa estará en primerísima línea de playa (puestos a soñar, soñaré algo agradable. No tengo la más mínima intención de castigarme inventando un futuro negativo. No, no y no)
¡Ah! ¿Qué será de Margarita? La muy desagradecida no me ha visitado ni una sola vez. Si tan siquiera hubiese contestado alguna de mis cartas. Si he acabado aquí, encerrada en diez metros cuadrados ha sido por ayudarla. No era agradable tener que deshacerse de aquellos tiparracos con los que se liaba. No tenía que haber hecho nada y ahora sería una ama de su casa, cargada de críos, cornuda y cebada. Yo le he permitido conservar ese tipazo envidiable, la piel tersa, le devolvía su libertad y la necia, cuando se entera, va y me denuncia. Lo dicho, ¡una desagradecida! Bueno, ya hablaremos cuando me vaya de este lugar.

*** 

Es la media tarde soleada de una primavera temprana, de un invierno que apenas se hizo presente. El hombre trastea recogiendo la cocina mientras Margarita, ajena a su laboriosidad, medio echada en una tumbona del jardín de una casa de campo, deja que su cabeza deambule sin rumbo

Sopor, alegría de una barriga moderadamente repleta. Calor, tibieza del Sol de primavera incipiente en el prado. Mirar la luz ámbar de las cortinas que son mis párpados cerrados (y ser luz). Escuchar los trinos imitados de los estorninos, el clac, clac, clac de la cigüeña en su nido (y ser trino). Oler el suave perfume a humo de encina y de cáscara de naranja que arde en el fogón de la cocina (y ser humo). Gustar el chocolate, su denso sabor a media verónica de la comida (y saborearte) Notar la fresca caricia del viento mientras amoroso se desliza por mi rostro e individualiza mi cabello (y volar con el viento).
(Tal vez esto no sea el cielo pero, en pequeño, de una forma particular, bien pudiera serlo)
Dudar: escribir o vivir..., continuar... mirando, oliendo, gustando, tocando,...sintiendo. No te muevas, no pienses, siente, fluye, sé.

A Roldán, tras el secuestro,  le costó escapar de la depresión, aún le cuesta trabajo salir de casa, pero parece que el cariño, unido los efectos de una vida tranquila en el campo (y las consultas de pago con el psicólogo) va dando su fruto. En cambio Marga no tuvo excesivos problemas, con la excusa de la recuperación, pidió una excedencia en el periódico y solo hace alguna colaboración de vez en cuando. Se está dedicando a escribir, escribe una novela, no tanto para publicarla como para utilizarla como espita, como válvula de escape a todas esas ideas negativas que le bullen por el cerebro. Ya la tiene casi terminada, le queda el final, pero ya está próximo.
Hace unos meses que no ha vuelto a tener noticias de Rosa, su antigua amiga pero sabe que tarde o temprano aparecerá, se trata de una enferma, la propia Marga parece ser su obsesión. Bueno, últimamente parece que Roldán también se ha convertido en parte de su enfermedad. Así que está preparada.

***

La mujer cierra la puerta metálica dejando la oscuridad tras de sí. Enciende la luz del corredor y una especie de mueca burlona, como de triunfo parece adueñarse de su rostro.

La verdad es que la pobre Marga, esta vez ha tenido buen gusto por fin, es guapo el jodío, tiene el culo firme y, lo mejor, está respondiendo. Y eso que ahí encerrado, atado y en medio de ese olor, a cualquiera se le quebrantaría la moral, pero él se mantiene firme… mantiene todo bien firme. Se ha ganado un día más, sí señor. Enhorabuena Margarita

Una vez en casa, se desprende de las ropas sucias y se mete en la ducha para quitarse el perfume a sótano mugriento y encerrado. Mientras repasa con mimo todos los rincones de su cuerpo, no puede evitar recordar con excitación la breve escaramuza con el extraño del cuarto trastero. Hace apenas unos minutos y su sexo ya parece necesitar un nuevo encuentro

- A ver si te vas a encaprichar ahora, Rosita – se dice en voz alta

Mientra evoca la negrura, un ligero jugueteo con el chorro de la ducha y el remate posterior con el dedo corazón le transportan a la cama y a un tranquilo y profundo sueño.

***

Roldán, perdido en su sueño de catacumba, no puede evitar sentirse aliviado cuando se cierra la puerta para echar momentáneamente de su vida a su captora. Como tampoco logra impedir el cargo de conciencia por haber sentido placer mientras ella le violaba una vez más. Se trata de un sentimiento ambivalente, por un lado siente la pesadumbre de no haber podido rechazar las caricias de su malvada secuestradora, por otro realmente ha disfrutado imaginando en la oscuridad que esos labios que le besaban, que esa vulva tan dulce y ardiente que se apoderaba de su miembro, eran de Marga ¡Ah Marga! Y maldito Paulov. Pero ahora por fin, todo ha pasado. Mañana… que raro se hace pensar en mañana cuando se pierde la conciencia del tiempo, mañana ocurrirá cuando la puerta se abra de nuevo y deje entrar a través del dintel un atisbo de luz y de realidad. Mañana, quién sabe cuántos días o cuantas horas habrán pasado cuando llegue mañana y ella regrese para darle de comer y luego… luego otra vez ese juego repulsivo y ardiente. Pero… y si ella no vuelve, si ella no retorna, no habrá esperanza, solo la mordaza y la podredumbre.

***

Hoy no hay sol que valga, ni olas ni manera de cerrar los ojos, por más que lo intento, no hay forma de lograr entrar en ese pequeño trance relajante. Estoy demasiado intranquila, no sé, siento un cosquilleo interior que me impide llegar, qué digo, ni siquiera intentar el proceso. No logro dejar la mente en blanco, no hago más que mirar el reloj, estoy deseando que se acerque la noche para acudir nuevamente al subterráneo. Me asomo a la ventana intentando distraerme para ver si así avanza más rápido el tiempo, observo el deambular, para mí sin rumbo, de la gente que va y viene por la calle. ¡Vaya hombre! Por ahí viene Marga ¡Qué pesada! Hoy no me apetece nada escuchar sus lamentos y lloros. Bueno, tal vez ya se haya olvidado, tiene una memoria muy corta, además el otro día lloró que parecía que se iba a quedar seca…
¡RINGGG.......!

Ya la tengo nuevamente aquí. De nuevo entrará como un torbellino y bla, bla, bla… Pero no, Margarita hoy es un alma en pena, no parece la misma, entra en casa casi sin saludar, ni siquiera tiene la conversación acelerada y lacrimosa de siempre. Ni se queja, se sienta en el sofá y ahí se queda, medio muda, solo responde con monosílabos. No sé que es peor, el huracán o esta calma chocho ¡Pues sí que te ha dado fuerte! ¡Al final me vas a crear cargo de conciencia! La tarde se hace eterna, ella languidece silenciosa en el sofá y no hay forma de que reaccione. Se hace de noche y no parece que vaya a tomar camino alguno, no parece tener fuerzas para incorporarse del sofá, que es lo que yo estoy deseando ya. Le digo frases vacías intentando consolarla, cosas como “venga, no te preocupes, todo pasará, seguro que pronto encuentras un hombre de verdad…” pero nada, ella solo suspira. Siguiendo el consejo de Sheldon Cooper, uno de mis personajes televisivos favoritos, le preparo un líquido caliente: una sopa de sobre que le obligo a tomar pensando que así tal vez se dé por aludida y piense que ya va siendo hora de cenar. Pero no hay manera. Le sugiero que visite a su amiga la pitonisa, que le eche las cartas o que le haga una búsqueda con el péndulo para decirle donde está su gran amor. Eso parece haberle animado un poco

***

Marga, vencida en el sofá de su amiga Rosa, no puede explicarse cómo le está ocurriendo esto. Son tantos los hombres que han ido pasando por su vida y quedando en el olvido. 

En cambio con éste, no hay manera, no sé qué me habrá dado para que me tenga tan hechizada. Hablando de brujerías, la pobre Rosi está también la mar de rara, lleva toda la tarde inquieta, distraída, no sé, si no fuera porque la conozco desde niña, diría que está enamorada; pero eso es imposible, nunca he conocido amor que le durase más allá de una noche. Caray, si hasta parece que está queriendo echarme ¡Ahí va! Y ese rosario, si parecen dientes ¡Dios! ¡Los dientes del profeta Rhamiyande! Y yo que los daba por perdidos. Tienen una llave atada. Algo raro ocurre, no sé qué, pero me tengo que enterar como sea.

Como movida por un resorte y para alegría de su anfitriona, Marga se va. Toma el ascensor  y se esconde junto al antiguo cuarto del conserje. Medita unos segundos. Aunque el acceso está limitado, ella conoce la forma de bajar a la galería subterránea. Y dispone de los medios para ello. Nunca la ha necesitado, pero entre el juego de las llaves de casa de Rosa, ésta le entregó también la de la puerta de acceso al corredor de los trasteros. Rebusca en su bolso y accede al mismo. No enciende luz alguna, aguarda unos momentos para acostumbrarse a la oscuridad. Unos minutos después, surge Rosario del elevador, parece apresurada e intranquila. Marga la sigue en silencio, ve como mete la llave en la puerta metálica y se introduce en ella cerrando nuevamente con la llave. Se acerca a la puerta, hay un ligero aroma fétido, la luz del pasillo se apaga, pero no quiere delatarse encendiéndola nuevamente, eso podría quebrantar la vigilancia alertándola. En la oscuridad escucha los sollozos lastimeros de un hombre y luego los jadeos de placer de su amiga. Son unos minutos largos, eternos. Por los sonidos que vienen desde el otro lado, parece que el encuentro amoroso ha terminado. Margarita, tanteando la pared, retrocede acechando. Tropieza con algo y se agacha a cogerlo. Al tacto parece un trozo de tubería antigua, de esas de plomo. Su amiga sale del cubículo y enciende la luz, parece distraída y alegre. Emprende el regreso a casa sin percatarse de que por detrás, Marga se acerca enarbolando el tubo. Ni siquiera se ha dado cuenta del golpe cuando cae sin sentido en pleno pasillo. Alrededor de su muñeca una ristra de dientes envejecidos de la que pende una llave, la llave de la catacumba.

***

Sentada en el porche, Marga observa los negros nubarrones. Un coche amarillo intenso con el símbolo de “Correos” llega a la puerta de su casa. El conductor se baja del vehículo 

- ¿Margarita Martínez? -pregunta

- Sí –responde ella

- Le traigo una carta –le dice al tiempo que se la entrega

La pequeña nota de color se pierde entre el horizonte oscurecido. La carta viene sin remite, pero Marga sabe quién se la envía, estos meses de retiro le han servido para reflexionar y comprender toda su relación con Rosita, todos aquellos novios fallidos, pero su complicidad infantil, aquél secreto, aquel episodio del incendio que solo su amiga conocía y que siempre supo guardar.  Abre la carta con tranquilidad y extrae una fotografía de una habitación vacía. Es una sala sin apenas mobiliario, una cama sin ornamento alguno, un lavabo empotrado en la pared y un WC sin tapadera lo componen. La luz que penetra por una pequeña ventana enrejada se extiende por el suelo y las paredes blancas. En el dorso, escritas a mano una escueta frase:

“Nos veremos pronto”, parece amenazar

Han transcurrido unos meses plácidos. El frío va poniendo fin a un otoño largo y tenue. En realidad hoy es el primer día de temperaturas realmente bajas

Tiene toda la pinta de nieve –se dice Marga a sí misma al abrir la puerta por la mañana

Roldán aún está en la cama, ella recoge el periódico y se sienta a desayunar mientras lo lee. Una noticia llama su atención:

GRAVE INCENDIO EN UN PSIQUIÁTRICO
Desaparecida interna peligrosa con antecedentes por asesinato múltiple.

 - Hola Rosi, parece que va llegando el momento – pronuncia entre dientes

Un rato después se dirige a la comisaría con el recorte de prensa y las cartas que le ha ido enviando su amiga. Roldán sigue en la cama. De regreso a casa comienza a nevar copiosamente. Definitivamente, el invierno está aquí. Al acercarse al domicilio, las luces de los vehículos de emergencia son lo primero que destaca en el paisaje, el humo apenas es visible entre la negrura del cielo y el fuego ya ha quedado prácticamente extinguido después de consumir la casa por entero. Marga sale del coche contemplando embobada la escena y sin pronunciar palabra. Algo se remueve en su interior, apenas una especie de burbujeo en su abdomen. Es un poco temprano para sentirlo, apenas tiene cuatro meses y medio de vida, pero ella sabe que es su bebé. Al tiempo que observa la mezcla del blanco inmaculado y las cenizas del incendio dominando todo alrededor, se acaricia la tripa.

- Ya sabía que no me fallarías, Rosa, lo sabía. Fuera zánganos – se dice interiormente.

***

Se acerca la fecha. Aún jadea, ya está muy abultada y le cuesta subir las escaleras, pero se lo impone. En su nueva casa en la ciudad, Margarita abre la correspondencia que acaba de recoger del buzón tras su paseo matinal. En un sobre en blanco y sin franquear, descubre una nota

“Te libraste porque te vi de perfil, ese fallo en tu figura perfecta que indicaba que estabas embarazada. Si no, te vas con él. Tenemos que vernos pronto, antes del nacimiento, pero no vuelvas a jugármela o le dejas huérfano. Te quiero, ahora sabes bien que todo lo he hecho por eso, porque te quiero. Y sé que tú a mí, tú también eres consciente de que me amas. Tenemos que irnos a vivir a la costa, a una casa cuyas ventanas se abran al mar”.


lunes, 15 de febrero de 2016

PECES ERRANTES...








A Jonás, el hijo de Manuela, la del estanco,  le alucina  observar caracoles, perderse entre sus espirales. En  el barrio cuentan que  se  quedó tonto de los estudios. En cierto modo así fue; corrían los idus de los 80 cuando Jonás, alegre estudiante de Marketing y Publicidad pasaba más horas dándole al mus en el bar de la facultad que clavando los codos y, con la llegada de  los exámenes, en un desesperado intento  por salvar alguna asignatura a costa de noches sin dormir, se calzó entre pecho y espalda un fatídico cóctel de anfetaminas que lo dejó en la inopia durante varias semanas. Cuando recuperó la consciencia en la cama del hospital sus primeras palabras fueron ¿Cuate, aquí hay tomate?, seguido de un ¿Red bull te da alas? Sí, algo había cambiado. Daba igual lo que intentase decir, solo era capaz de hablar con eslóganes que ni siquiera tenían que ver con lo que deseaba expresar. Cosas de la vida.


A Simón, el sobrino del párroco, le encanta cuidar plantas, escuchar el sonido del burbujeo de la tierra cuando tiene sed y le das agua. Siendo un crío,  le cayó un extintor sobre la cabeza en el pasillo de un centro comercial. Aparentemente la única secuela del accidente fue una brecha suturada con siete puntos, sin embargo, el golpe descolocó alguna de las estanterías de su cerebro, o esa es la explicación con la que él mismo justificaba su incapacidad manifiesta para no olvidar películas, libros, aniversarios, conversaciones. Nadie es perfecto.


La pasada  primavera ambos se encontraron una mañana en la panadería. Nunca se habían cruzado aunque vivían en la misma calle. Designios del destino. Fue un flechazo inmediato. La naranja completa. Uno con sus moluscos, otro con sus plantinas. Jonás decía y Simón olvidaba. Comenzaron a compartir su tiempo  hasta que  este  otoño, bajo la sombra amarilla de un castaño de indias, Jonás,  le dijo a Simón un tímido: Be water, my friend… Éste, casi temblando, le contestó: Agapito, yo también te quiero. Y así unieron sus anhelos.


Desde entonces disfrutan juntos de cada amanecer, allí, en un pueblecito de Almería, donde han instalado su hogar y un vivero de  caracoles, que liberan por tandas en el Desierto de Tabernas, soñando con repoblarlo. Think different.



jueves, 24 de septiembre de 2015

"Las vacaciones del verano pasado" : HACIENDO BIERZO




     
   Dicen que cada año la luna se separa de la tierra 4 centímetros. No dejo de mirarla, desde mi diminuta terraza, cavilando en  la distancia creciente, en que soy  75% agua, en las mareas, en la atracción entre el satélite y la tierra. Si, observando el firmamento, casi comprendo el devenir de esta sádica humanidad desenraizada.

No sé lo que sucede en mi cabeza con el calor del estío, quizá mi materia gris se agosta convirtiéndose en una especie de ceniza acartonada, que se deshace con el viento. Divago. Así resulta complicado escribir sobre vacaciones.

Podría hablar de nubes de sal, del lugar donde se unen el Atlántico y el Cantábrico, de los dos azules que son reflejo de uno, del nudismo del alma, sin embargo eso ya pertenece a otros veranos. Durante el que acaba de morir permanecí en esta comarca que, cuentan, se formó por el impacto de un meteorito, acá,  contra el noroeste de la península.

Vagabundeé  por el Bierzo, reconociendo  mis raíces, descubriendo hayas, robles, encinas, castaños, acebos... Noches de grillos, de vagalumes, de gatos sigilosos que se sueñan linces.
Y ascendí a la Guiana para aprender a mirar el círculo de montañas, escuché correr en el silencio del valle el rumor del retorno del oso, me perdí en los mil verdes que pintan las viñas y  me sumergí en las lágrimas de Carissia, ahí, cerca de la herida que son las Médulas.  

Me quedé en mi ciudad, Ponferrada, invadida de edificios tan feos como  espectacular es su cielo  al atardecer, cuando bandadas de jilgueros melómanos y golondrinas kamikazes se despiden del sol, sin  preocuparse del águila que planea entre los últimos rayos anaranjados.  


            Hoy han  regresado las garzas. Vi la primera pareja  esta mañana, volando sobre el Sil, aquí, al lado de la oficina, anunciando la niebla. Y me pregunto si sabrán que la luna es un enorme globo aeroestático que se  aleja  quemando septiembres…





domingo, 12 de julio de 2015

¿YO TAMBIÉN FUI ABDUCIDA?



¿Alguien más se ha fijado en el sonido que hacen las uñas de los perros al rozar contra el cemento? Y qué diferente su sonido en otro suelo, de madera, por ejemplo. Últimamente me pregunto cosas así… Voy andando, tan tranquila y, ¡zas!, me asaltan este tipo de elucubraciones.

Todo comenzó con la cena-reencuentro de antiguas alumnas de las Esclavas de Santa María de los Fustigados. La verdad que no me apetecía mucho ir. No guardo buen recuerdo de aquel colegio, ni conservo amigas de esa época, no obstante la curiosidad me pudo y como el restaurante donde se celebraba la nostalgia queda cerca de mi casa, dándome la ocasión de escabullirme en cualquier momento, acudí a la cita.

La cena fue lo esperado. La mala suerte o, más bien, la simple estadística, hizo que entre las comensales no se encontraran mi par de cofrades en recreos y castigos. Respecto a las arpías presentes, pude comprobar que el paso de los años las había tratado como se merecían: estaban hechas un cristo.

Cuando me harté de escuchar falsos cumplidos, conversaciones sobre la inteligencia desmesurada de los hijos propios y de  ceros infinitos a la derecha, me agarré a la botella de godello más cercana. No me separé de ella hasta agotarla, luego me fui deseándoles feliz aquelarre.

El camino de regreso resultó ser un tanto complicado.  Enfilé la calle con los tacones en la mano y la certeza de estar realizando una proeza. ¿Nunca os habéis sentido inmersos en una banda sonora? A medida que avanzaba entre trompicones, la melodía de Carros de fuego zumbaba en mi cabeza como si fuese la heroína de una proeza urbana. Me vine arriba al sentirme cerca de la meta hasta que, sin avisar, llegó la oscuridad. Se apagaron las farolas, los carteles de neón, incluso la luna parecía haberse ennegrecido. Se hizo un  silencio denso, salvo en mi mente, donde sonaba constantemente el tema de Vangelis. Entre tinieblas, aturdida por el alcohol,  me detuve y, justo en ese instante,  un brillante rayo azulado rasgó la penumbra.

Ya no recuerdo más.

Al mediodía abrí los ojos en mi cama.
No es la primera vez que despierto con resaca. Sin embargo, esta vez, además de los síntomas habituales tenía una extraña sensación en la nuca. La palpé. Aparentemente todo estaba bien, salvo por una pequeña hinchazón, como si un mosquito de los gordos hubiese pasado por allí. No quise darle mayor importancia, tras una noche en blanco, despertarme sola,  conservando mi epidermis libre de tatuajes absurdos, me pareció suficiente para pasar página.

Desde entonces siento que algo va mal. Quizá sea un poquito hipocondríaca, pero hay pequeños detalles que han cambiado mi vida. Me han prohibido  entrar en el centro comercial pues las alarmas se vuelven locas. Tampoco escucho la radio, solo sintonizo el zumbido de mil interferencias. Ni puedo trabajar con el ordenador, ni usar el móvil; han muerto. Y, en ocasiones, veo  destellos entre las nubes...

FRONTERAS (Cuento compartido)



Me llamo Dorothy, nací en Arkansas y mi camino dorado acabó en el “Hot girls”, donde mi carrera de striper se vio truncada por culpa de un reflejo condicionado: cada vez que me tocan el final de la espalda, se me escapa un guantazo, sin que pueda evitarlo.  Como es obvio, así no hay manera de hacer carrera en tanga, por eso, tras una larga primera noche estampando epidermis con el relieve de mi mano, acabé limpiando en el bar las cenizas de cada noche quemada.

Si hubiese tenido un buen seguro médico, seguramente habría intentado averiguar la causa de tan extraño mal, pero claro, las bailarinas de barra vivimos al día y un seguro es algo de lo que, ni la empresa se hace cargo ni nosotras generalmente nos planteamos. Además, no sé, tal vez a la primera exploración me habrían echado de consulta y no habría obtenido otro resultado que la comezón en la palma de la mano tras el cogotón de rigor para el sorprendido galeno. Así que me tuve que conformar con el olor a ceniza y vómito y con una considerable mengua de paga, con lo que eso supone: pasé de “hot” a “burned girl”. A todo se adapta una, pensaba, pero claro, al final hay que buscar una espita, una válvula de escape, así, después de explicar mi extraño mal a todo aquel que quiso escuchar, empecé a abusar y aprovechar mi problema ¡Qué liberación! No era preciso tanga, bastaba con unos leggins bien ceñidos, del resto ya se encargaba mi exuberante anatomía. Elegía un hombre, al principio buscaba aquellos que me provocaban especial disgusto con su mera presencia, me acercaba a él y de forma inadvertida restregaba mi nalga contra su mano. El resultado era invariablemente el mismo, cinco dedos como cinco soles grabados a fuego en el rostro de mi atribulada víctima y una sonrisa interior que me acompañaba en mi orgullosa, pero lenta y oscilante huida. Más tarde cambié mi elección y, puesta a disfrutar de mi afección, comencé a buscar los hombres que realmente me atrajeran, incluso algunas veces opté por mujeres para seguir disfrutando de esta variedad de sexo tan “de manual”.

Suele suceder en esta vida que todo camino iniciado, inexorablemente, lleva a algún destino. Y, éste, llegó con Altagracia. Altagracia Restrepo había cruzado la frontera buscando un futuro. Huyó de su Juárez natal, del maldito desierto, despidiéndose de los suyos sin lágrimas pero con muchas promesas, soñando el norte, lapidada tras el panel de un doble fondo en el camión de un gringo. El viaje había sido caro. Casi todos los pesos arañados al hambre desde que tuvo uso de razón.  ¡Qué largo es el tiempo cuando el corazón te late en la garganta!

Nos conocimos en el gris de una celda. Fue cuestión de tiempo que, en una de mis correrías dactilares mi gancho de derecha impactase en la mandíbula equivocada. Sí, le rompí un premolar al juez  Mckraken, un republicano con pinta de bulldog famélico, recién llegado al condado. Un pequeño error de apreciación que me envió a comisaría donde acabé compartiendo encierro con una mexicana asustada, una noche sin luna cualquiera.

Conseguí escapar del problema de forma más o menos satisfactoria. Pasada aquella primera noche en la trena, el escurrido juez Mcpulpo retiró la denuncia. Tal vez no creyó muy conveniente airear sus escapadas por determinados locales y me perdonó la ofensa. Me quedan muchos más dientes y reputación sólo tengo una, debió pensar. Altagracia en cambio hubo de pasar un par de noches más en aquel abyecto calabozo a la espera de que inmigración se encargara de volver a ponerla al otro lado de la frontera. La devolución no llegó, el expediente debió extraviarse de manera extraña. Quizás tuviese algo que ver la belleza de la joven mexicana y el hechizo que sus encantos ejercieron sobre el comisario local (un nuevo peaje en su desértica travesía hacia la soñada felicidad norteña), pero tres días más tarde me la volví a encontrar deambulando por la calle sin rumbo fijo. Sin un dólar y nada que llevarse a la boca, su debilidad era tal que ni siquiera reparó en mi presencia, yo en cambio enseguida reconocí aquellos ojos esquivos y negros como la luna nueva.

La compasión no es lo mío. Me suelen preocupar muy poco las penas ajenas. ¡Bastante tengo con las propias! Cuando Billy Bob me dejó tirada en una cuneta de la carretera 66 tuve que buscarme la vida. Nadie me echó una mano, salvo al culo, y aunque todo aquello quedó atrás, sumido en la nebulosa de los recuerdos casi olvidados, sentí que yo, una vez, fui ella.

No fue necesario convencerla para que me acompañara. Mientras  devoraba una enorme hamburguesa nos observamos. Yo me preguntaba quién era. Supongo que era una pregunta de ida y vuelta. En silencio. Cuando por fin dio cuenta de la última patata frita, rompió hablar. Y me contó que la arena del Chihuahua engullía mujeres. Desaparecían sin más. Que el miedo y la miseria van unidos a la brutalidad. Me contó que también había un hombre, cómo no, siempre hay un Billy Bob.

- José y yo andábamos juntos desde cuates. Nunca se nos había ocurrido hablar de formalizar nuestra relación, pero todo el mundo, tanto su familia como la mía y los vecinos suponían que éramos pareja. Era un muchacho bueno. Desde chiquito manejaba los autos de su familia, así que no fue extraño que pronto se convirtiese en chófer. Llevaba todo tipo de gente en un camión y los dejaba al otro lado del Río Grande. Al principio yo lo entendí como una forma de buscarse la vida que ayudaba a la gente a escapar de la miseria. Después supe que en algunas ocasiones "la carga" se perdía en mitad del desierto. - Hizo una pausa para observar mi reacción y, bajando nuevamente la mirada continuó su relato. -Yo se lo disculpaba, eran cosas que pasaban, accidentes. Él cambió poco a poco. Se hizo más posesivo, me vigilaba y no me dejaba salir de casa si no era con él que además, casi nunca se dejaba ver, si no estaba “trabajando”, andaba de parranda con sus compadres y otras muchachas. Yo lo sabía, pero también lo disculpaba. Pero un día desapareció una vecina, apenas una niña, una más de todas las que tantas veces aparecen luego sus huesos enterrados entre las arenas desérticas… si se encuentran. Yo le había visto medio encaprichado de ella y, como siempre, no quise darme por enterada, pero cuando me contaron la desaparición, le pregunté si sabía algo de la chamaquita. Me respondió que no, aunque por sus ojos supe que había sido cosa suya. Tuve miedo, pero sobre todo tuve asco, le odié como nunca pensé que pudiera hacerlo y me marché. No podía seguir a su lado. Ahora tengo pánico a que me encuentre.

Desconozco si fue su voz dulce y cálida, si fue un arrebato de solidaridad femenina, pero acabé ofreciéndole a Altagracia el sofá de mi apartamento, al menos hasta que encontrara algo mejor o pudiera continuar su camino. Eso sí, antes la advertí de mi pequeño problema muscular.- Ay, madrecita no se preocupe usted por eso... Mi abuelita Rosario, la  yerbera, conoce todos los remedios. Esta mismita noche platico con ella.

A la mañana siguiente me despertó el aroma del café recién hecho. La mexicana quería agradecerme de algún modo el asilo preparándome el desayuno. Tendría que explicarle mis horarios. No suelo levantarme antes del mediodía y este cambio de costumbres no entraba en mis planes.
Apenas murmuré un buenos días de cortesía con el que contuve la retahíla de improperios que pujaban por tomar forma en mis labios. Tampoco me hubiese dado tiempo, pues en cuanto asomé, con los ojos aún llenos de sueño, Altagracia me espetó que ya había platicado con su abuelita. Yo la miré con cierto aire de incredulidad. ¿Cómo? Desde mi móvil no, lo había puesto a buen recaudo, que una cosa es ayudar al prójimo y otra pagarle las conferencias a una inmigrante ilegal, sobre todo con mi ruina de tarifa.
Como si me hubiese leído el pensamiento, la mujer, se rió. - Ay, mamita, en la tierra del señor de los muertos no hay celular.  Entonces me habló de la madre de su madre, una poderosa curandera conocida por su capacidad de transitar entre los dos mundos, trayendo mensajes y remedios entre ambos, hasta los 103 años.
- La abuelita Rosario me contó que lo suyo lo remedia la diosita Tlazotéotl. Agárreme bien la onda que le explico, que si la chingamos va a acabar ganando el tigre en la rifa. Tan solo tenemos que ofrecerle el último latido del corazón de un hombre virgen nacido el mismo año que usted, nomás… 

La solución me pareció, por decirlo de una forma suave, “poco práctica y conflictiva”: no veo muy fácil conocer detalles sobre la virginidad de un hombre, mucho menos encontrar uno nacido en el mismo año que yo. Eso por no hablar de la pena por el delito de asesinato, por mucha aprobación que pudiera prestarme una deidad mexicana. Lo de la lectura del pensamiento me comenzó a preocupar ligeramente cuando, sin haber hecho manifestación alguna por mi parte, continuó diciendo que - bueno, no se preocupe señorita, si le parece complicado, existe otra posibilidad aunque quizás el resultado no sea tan bueno, únicamente habría que presentarse ante la diosecita de la salud y la sexualidad, vestida con el pellejo del hombre elegido para el sacrificio. Un hombre cualquiera.
 Claro, a lo mejor las artes adivinatorias no iban más allá que la simple observación de la cara que yo debía estar poniendo. Sin embargo…

-Viste madrecita, es más fácil, además, la solución nos conviene a las dos y ahora mismo viene caminando hacia su puerta.

Apenas había transcurrido un minuto cuando empezaron a sonar violentos golpes en la entrada del apartamento. Como acompañamiento a la música de percusión empezamos a escuchar voces:
- Gracita, sal de ahí, sé que estás dentro y no me marcharé sin ti. Eres mía
Altagracia se acurrucó en un lado de la habitación y lacónicamente dijo:
- Es José.

It´s raining men, hallelujah!

Hay momentos en la vida en los que el tiempo adquiere una dimensión diferente a la acostumbrada, como si en un segundo cupieran todas las horas del mundo. Las bisagras de la puerta temblaban con cada embestida, amenazando con saltar en cualquier momento. Ante la conciencia de peligro el instinto de supervivencia tomó el control de mis actos, agarré el bate de béisbol, lo único que conservaba de Billy Bob, tensé mis músculos y esperé dispuesta a hacer un “home run”.

-¡Ahora vas a ver, pendeja! ¡O sales o te saco!

El sonido que produjo el cráneo de José al estallar me pareció el de una olla de barro al romperse. El hombre cayó a mis pies y continué descargando mi rabia, la de Altagracia, la de los huesos devorados por la arena, la de todas las mujeres silentes. Solo me detuve cuando noté el sabor metálico de la sangre tibia en mis labios, entonces, lo miré. Vi  su cabeza convertida en un sanguinolento amasijo viscoso y aullé. El caso es que, lejos de preocuparme por lo que acababa de hacer, me sentí pletórica, rebosando energía por cada poro de mi piel, liberada…

… Exultante.

No sé. Jamás habría podido imaginar en mí una reacción similar, pero acababa de descubrir un yo desconocido. Una cosa es disfrutar dando guantazos a algún que otro energúmeno y otra muy distinta volverse loca quebrándoles la cabeza con el “Billy Bob”. Me quedé pensativa. Maliciosamente recordé a mi antiguo novio y al Sheriff de la localidad.

- Billy Bob. Hay mucho Billy Bob a ambos lados de la frontera –me dije en voz alta.

Ni se me ocurrió pensar en vestirme con el pellejo de aquel pobre revuelto de huesos rotos y sangre, ni siquiera me acordé de mi brazo resorte, lo único que me vino a la cabeza fue deshacerme del cuerpo abandonándolo en el desierto. Altagracia pareció hacerse cargo rápidamente la situación y me ayudó a embarcar el cadáver en el auto que el bueno de José, tan amablemente había puesto a nuestra disposición. Me gusta esta muchacha, -pensé- me gusta como capta mis pensamientos.

Y así fue como, aconsejadas por la abuelita Rosario y bendecidas por Tlazotéotl, nos embarcamos en nuestra loca carrera a la caza del hijoputa. To be continued....


EUGENIA SOTO ALEJANDRE
ÁNGEL ZURDO GONZÁLEZ.