CAMILA

 





PRIMER ACTO

Abrochó el abrigo, colocó sobre la cabeza la toquilla de lana, se paró bajo el umbral y dejó que sus ojos se acostumbrasen a la oscuridad. Respiró el frio.

Enormes copos flotan en silencio y engordan la capa blanca sobre el suelo.

- ¡Marcho! – dijo al interior de la casa. Y echó a andar tras la silueta  que sujeta el candil. A su espalda, una pareja de sombras con escopeta al hombro.

Camila tiene treintaytantos. Cuida de un marido estraperlista, dos críos, dos crías, un mulo, un perro, una cerda, tres gatos, siete conejos y un lagarto  bicéfalo (este último a su pesar, “le da repelús el bicho, pero Ángel le tiene cariño”). A Camila la llaman para los partos y para las mortajas. Sabe de dar la bienvenida y de preparar la despedida, como lo hicieron su madre, su abuela, todas las que fueron orilla antes que ella.  Colecciona esquelas en una lata y, aunque analfabeta, conoce el contenido de cada una. También trabaja la huerta y domina los remedios de las plantas.

- Marcial ¿ seguro que la Milocha está a parir?
- Parece ser…
- Pues llega pronto.
- ¡Ya ves, no tenía noches la condenada que tiene que ser ésta!. Mira cómo vengo, con la ropa buena. Espero no coger piojos o la sarna.
- No será tanto la cosa – tu sangre es demasiado amarga, rumió para dentro -. Y dime, ¿qué tienes tú con la Milocha para que llames a mi puerta? ¿Y éstos? – preguntó sabiendo la respuesta.
- Que va a ser. Como el Antón se echó al monte dejándola preñada, andará cerca. O no...  Aunque si suena la flauta y baja a ver la criatura, aquí estamos, esperando.  La Milocha no está libre por ignorante. Es carnaza.
- Y luego, Marcial, ¿qué va a ser del nacido?
- El subdelegado de gobernación ha tenido a bien encomendarme la tarea de, si viene con salud, recogerlo. Hay un matrimonio decente dispuesto a educarlo en los principios adecuados. Yo opino mala semilla no da buen fruto, pero, vamos, a mi plin. Yo cumplo con el mandado, que maldita la hora que ha elegido la rejuntada para ponerse de parto.

Camila piensa un suspiro, calla y camina.

SEGUNDO ACTO

La casa de Milocha tiene dos estancias, amarilleadas por una única bombilla que cuelga casi en el centro de ambas. En una está la cocina, en la otra la cama. 

Milocha está gritando como solo puede gritar una cuando siente que le arrancan las entrañas. No sabe si llora por el dolor o por el alivio de cuando cesa. No sabe si llora por miedo o por valor.

- Mientras yo hago lo mío, será mejor que paréis aquí, con el fuego.
- Bien dices, no tengo interés por meter el morro. Eso es cosa de comadres.

Marcial agarró una silla y la colocó al lado de la estufa mientras busca con la mirada algo para limpiarla.          

-Bartolo, abre esa alacena. Habrá trapos ahí.
- Haber trapos no hay, pero hay licor café.
- ¡Licor café! De dónde lo habrá sacado la piojosa. Está prohibido asique incautado. Y antes de dar parte vamos a comprobar que sea un producto alcohólico, no sea mejunje de yerbas. Genaro, tú pendiente en la ventana, a ver si con suerte la alimaña se acerca.

Camila entró en el cuarto donde la vida se abre paso y dejó tras la cortina que hace de puerta a los tres hombres pasándose la botella. Beben y beben y vuelven a beber.

TERCER ACTO

Tras un rato, corto o largo, según a quién preguntes, se dejaron de oír los ayes de Milocha.

Solo se escucha el zumbido de la electricidad al calentar los filamentos.

-  ¡Camila! ¿Qué pasó?

En un instante se deslizó la eternidad y la mujer asomó.

- ¡Ay, Marcial! Se ha muerto... Pobrina, estaba demasiado débil, tanta penuria… El parto la ha consumido.
- Déjate de lamentos que al final ha tenido suerte.  ¿Y la criatura, no llora?
- La criatura tampoco respira. Nació apagada.
- ¿ No me estarás mintiendo, Camila? Mira que yo te aprecio, que fue tu abuela la que me trajo al mundo y me dio la leche, que madre estaba tísica y no podía...
- ¿ Entonces, Marcial, cómo te voy a engañar en una cosa así? Pasa y compruébalo.

El hombre se levantó de la silla tambaleándose un poco. Se aproximó a la habitación y echó un vistazo al camastro sobre el que reposan la recién parida y su bebé, inertes, pálidos, sobre un revoltijo de sábanas ensangrentadas.  Enseguida volvió la cabeza y contuvo una arcada.

- Dime, al menos qué fue ¿ varón o hembra?
- No me vas a creer pero las dos cosas, Marcial, las dos, a la vez.

CUARTO ACTO

El cacique sintió una nube, ahí, entre las cejas. Contrariado, intenta encontrar el modo de salir bien parado de esto. Vaya ruina de noche, él que se veía con un puesto en la capital, aupado por dar caza al escapado. Y pasa este desastre. Ni cena ni Antón ni crio pa regalar… Naah, al final iba a ser mucho mejor decir que Milocha se voló, con el barrigón y todo, la desgraciada.

- Camila, me los preparas. Mira si encuentras algo que sirva de sudarios. Cuando termines, Bartolo y Genaro se encargan.
- Yo hago lo que mandes, pero mira cómo están, así de borrachos de poco van a servir.  Mejor llamo a Ángel, que venga con el carro.
-  Demoño de licor, estaba rico pero demasiado grado. Tienes razón.   Llámalo y que se los lleve bien lejos. Con discreción sobre todo.
- ¿Te parece la mina de Peñaruin? No la trabajan. Es peligroso andar por allí, el suelo está lleno de grietas. Recuerdas al  Ramón, una se lo tragó y  nunca más se supo.
- Me parece.  Por allí no pasa ni la santa compaña. ¡Eh! Si sabes lo que te conviene ni siquiera has estado aquí.
- No, no estoy.

Noche sin luna, cielo estrellado. Tocan las campanas avisando de la misa del gallo mientras Ángel sale del pueblo arreando al mulo que tira del carro.

Sigue nevando, quizá con más intensidad y  su sombra se pierde tras el enorme telón blanco.  

 EPÍLOGO (Entre bambalinas)

-  Un último empujón Milocha, ya está casi fuera. La madre apretó los dientes y los puños y aulló. Y la partera sujetó al bebé, le limpió la boca y la nariz, le susurró al oído e inmediatamente le hizo coger aire.  Pero no lloró, apenas un gruñido como de gatito. Camila sonrió y se lo puso a la madre sobre el pecho, ahí, latido con latido.

-  Abrázale fuerte, Milocha, que os toca morir.
-  Camila, estamos en tus manos. Confío en ti y hasta ahora los sucesos van cómo planeaste.
-  Si, se quién es Marcial. Y también el par de tarugos que le acompañan.
- Lobona… ¿Qué llevaba el licor café?
-  Mucho amor.

Ambas rieron, no muy alto.

Camila sacó un frasquito del bolsillo de su mandil. Puso unas gotinas en los labios de la criatura y le dio el resto a su amiga.

-  Cuando despiertes, estaréis en Portugal, con Antón.
-  ¿Nos volveremos a ver?
-  Quién sabe…

Las mujeres se fundieron en un abrazo, de esos que son alma con alma.

Y se hizo el silencio.

Y en un instante se deslizó la eternidad.


Eugenia Soto Alejandre

Comentarios

Entradas populares